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jueves, 26 de marzo de 2009

Relato

Seria finales de Octubre cuando acaeció un serio problema con los perros. Estaban al corzo, cuando chiqui sale disparada hacia el rumiante, con el resultado de la huida precipitada de este.
-¡Perro!, ¡Perro!, -grito Gerardo-, se echa la escopeta al hombro y apunta al perro.
Venancio que estaba junto a Juan y los otros perros, se volvió hacia Gerardo.
-Pero que haces, -increpo a Gerardo
-tu perro ha espantado al corzo.
Se volvió nuevamente con la escopeta hacia chiqui. Venancio sujeto fuertemente la escopeta
-Si le pegas un tiro, no sé lo que puede pasar.
-pues nada, un estorbo menos,-aseguro Gerardo
-te digo que no respondo de mi,-recalco Venancio-, Chiqui es uno más de la familia.
-Venga, dejarlo ya, -medio Juan.
Venancio agarro por el hombro a Gerardo y le giro, sonó un disparo, y vieron a Juan en el suelo agarrándose el pie derecho. Juan se incorpora, increpándoles:
-¡Estáis locos!, me habéis dado en el pie
El borceguí comenzaba a mancharse de sangre, se lo quitaron, y tenía una perdigonada en el dedo gordo, no sangraba mucho, el problema venía si se enteraba la benemérita, y esto ocurriría en el momento que D. Evaristo,-el médico, se enterara.
-Chiqui, Negro, canela,- llamó Gerardo a los perros.
Volvieron a poner el calcetín y el borceguí a Juan, y le ayudaron a llegar hasta la casa de Venancio, era la más cercana al entrar al pueblo.
Entraron por la parte trasera, nada más pasar la puerta del patio a la casa, apareció Emilia:
-Que ha pasado,-pregunto inquieta Emilia.
-No preguntes, quita eso de ahí para que Juan se siente,-ordeno Venancio.
Dionisia, se paro bajo el dintel de la puerta de la cocina mirando asustada.
-Vamos niña, ya has oído a tu padre, -le pido Emilia a su hija, señalando la cama-.
Pusieron a Juan en ella, le quitaron nuevamente el borceguí y el calcetín, apareciendo Emilia con una palangana con agua jabón y trapos para lavar la herida.
-Niña acércate a casa de D. Evaristo que venga,-ordeno Emilia.
-Eso no puede ser,-aseguró Juan.
-Tú te callas,-sentencio Venancio, añadiendo-, nena date prisa.
Cuando llegó el médico, que ya sabía por la niña lo que pasaba, dijo:
-Hombre Juan, con tu experiencia y te has pegado un tiro.
Todos se miraron pero no hubo contestación.
-Veamos eso,-solicitó D. Evaristo.
Procedió a curar la herida, y una silenciosa complicidad se instaló entre todos, no era la primera vez que un accidente de caza pasaba en el pueblo, y no sería la última.
El médico, dio instrucciones:
-No andes mucho, si puedes, y mucha limpieza, lavas la herida con esto, y la tapas.
La Benemérita solo tendría noticias de un accidente sin consecuencia y sin culpables, y la vida continuaría como siempre.

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