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sábado, 18 de julio de 2009

Aquellos veranos

Estaba llegando al pueblo, a casa de su abuela, el autocar color café con leche con su da marrón por debajo de las ventanillas, y su gran visera para quitar el sol al conductor, con los equipajes sobre el techo, acababa de pasar por delante de la centralita de teléfonos desde donde se pedían las conferencias para hablar con Madrid, o como decían, “la casa de La Asun”.

-Otro verano que me convierto en recadero, -¡Ve a casa de Antonio a por cebollas!, ¡ve a casa de la Filo a por patatas!, ¡acércate a casa de La Asun a pedir conferencia para la siete a Madrid!, ¡ve…., -Pensó

Un minuto después llegaba a la plaza del ayuntamiento, habían salido a las siete de la mañana de Madrid, y eran las seis de la tarde cuando llegaban a su destino, el autocar paraba junto al despacho de pan, el conductor se bajo por su puerta, dirigiéndose a la parte trasera del autocar y subiendo por la escalera que llevaba hasta los equipajes. Los pasajeros, que se bajaban en el pueblo, abrieron la contraria y bajaron para recibir el equipaje.

-Y ahora los besuqueos, mua, mua, ……, y no solo de mis abuelos, de los tíos abuelos y tías abuelas, de las vecinas, y los comentarios, que estirón a dado, que delgado, que, que……,Siempre me dieron ganas de decir ¿Basta?, pero había que ser educados,- Eran los mismos pensamientos que año tras año le volvían a la cabeza.

Media hora más tarde se encontraba sentado en el poyete de la puerta de la casa de su abuela, en el centro de la plaza el pozo, y los dos caños de agua donde una vecina llenaba los cantaros, a la derecha del mismo el camino que llevaba a la charca de las ranas

-¡El tirador!,- Tenía que encontrarlo, lo necesitaba para practicar el tiro a los renacuajos, era uno de los pocos entretenimientos que tenía, se levanto entro en el corral y busco el tirador que hizo con una rama de pino y dos gomas el año anterior.

Comenzaba a anochecer, no sabía porque, pero el olor al ganado, a los pinares, y a los corrales le hacía sentirse bien, un poquito de brisa se había levantado y sintió algo de fresquito.

-¡A cenar!,- La voz de su madre le volvió a la realidad, sus amigos habían quedado lejos, en la capital, otro año que tendría que buscarse la vida para entretenerse. De todas las maneras siempre se lo había pasado bien en verano, y sobre todo cuando llegaba su padre, en Agosto, y caminaban entre pinos contándole historias, o recogían piñas y ramas para la lumbre de la chimenea de la cocina.

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