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sábado, 27 de junio de 2009

La légende


Terminó de colocar el pequeño tuvo de cristal con la rosa roja aterciopelada justo en medio de los dos platos, la mesa estaba perfecta, su mantel blanco, había cuidado hasta el último detalle, los platos coronados con una rayita bourdeaux, le parecieron perfectos cuando los encontró, apropiados con la rosa, desde que se casaron todos los años por el aniversario había entregado una rosa roja aterciopelada a su mujer, solo una.

Había colocado las copas de champan a la cabecera de los platos, ligeramente a la derecha de estos, y estas tenían una pequeña línea en espiral que iba del borde hasta el pie, las sevillistas color lila, dobladas en pico las colocó sobre los platos y los cubiertos en su sitio, colocados milimétricamente, y una vela rodeada de pétalos de rosa bourdeaux aguardaba en el lateral de la mesa a ser encendida en su momento.

Su amigo Bruno, cocinero de La Esmeralda del Puerto, unos de los mejores sitios donde se degustaba pescado y marisco de la ciudad, le había regalado Champan francés, botella que ya estaba en el cubo de zinc con hielo, semicubierto por un gran paño blanco.

La luz de la farola del parque comenzaba a crear esa atmosferita especial con la que había estado soñando desde hacía semanas, era primordial, esperaba sorprender a su mujer, le había dicho que cenarían en un sitio único, bajo las estrellas, ella no tardaría en llegar.

La gente que pasaba por el parque le miraban entre curiosos y perplejos, algunos se sentaba en los bancos cercanos.

Una silueta de mujer que llevaba un vestido largo se acercaba, él se quedo fijo, el vuelo de la falda y la forma de andar; inconfundiblemente era su mujer, hacía más de treinta años que la conocía, era el amor de su vida, es más el único amor de su vida, la única mujer que había conocido íntimamente, le seguía volviendo loco su figura, llegó junto a él y sin mediar palabra le beso apasionadamente, el mundo dejo de existir a su alrededor.

-Amor, esta vez sí que me has sorprendido,- Ella miro la mesa, no salía de su asombro.

Más que mesa eran unas cajas de madera, al igual que las dos que hacían de silla cubiertas por una tela blanca.

-¿No te gusta?,- Inquieto pensó que su idea no había sido buena.

-Todo lo contrario, no cambiaría por nada este momento, es más, no creo que ni el Maxim’s, tenga un rinconcito en el que se respire tanto amor como este. -El parque, en el que tantos ratos perdidos habían pasado y cuyos arboles les habían arropados en su desventura, se había convertido en algo maravilloso.

La cogió de la mano y acompaño con un suave movimiento hasta el asiento, sin soltarle la mano se sentó enfrente, con la mirada fija en sus ojos negros penaba en la suerte que tuvo cuando la conoció, y mucho más que después de tanto tiempo el amor que se tenían fuese como el primer día, y no solo el amor, sus curvas, sus senos, sus piernas, sus ojos, su pelo, y su femineidad le seguían volviendo loco.

Centrado en sus pensamientos comenzó a sonar un violín, el artista urbano que tocaba el violín en el parque apareció y discreta y sutilmente retirado, los acordes de la Primavera de Vivaldi inundaron el aire, como de la nada, apareció Gerardo, con su chaqueta negra y pajarita comenzó a descorchar el champan, tras de él, Marta y José aguardaban la orden para servir la cena como si de un verdadero restaurante se tratara, sirvió el champan y con un leve movimiento de la mano indicó que podían servir las entradas, foie gras de canard a la pimienta y champan, seguido de dorada frita con berenjenas con un vino blanco y un segundo de pechuguita de pintada rostida con un vino tinto. Como postre, mermelada de naranja y una copita de Champan Moet .

Sin dejar de mirar a los ojos a su mujer, pensó que no habían podido ir de viaje de novios, no habían podido comprar una casa, tampoco pudieron ir nunca de vacaciones al mar, ni cenar en restaurantes fastuosos, es más, sus hijos habían tenido que heredar la ropa de los hermanos mayores, e incluso en épocas pasadas habían pasado alguna necesidad, pero…….se amaban, es más; seguían deseándose apasionadamente después de 30 años de vida en común, pero además tenían amigos.

-Gracias, gracias a todos, Bruno, quien se había acercado un instante para felicitar a su amigo y que estaba junto a Marta, Gerardo y José,- Momento que aprovecho él para agradecerles su ayuda, estaba orgulloso de tener aquellos amigos, y les agradecía de corazón lo que acababan de hacer, el había tenido la idea sí, pero todos participaron para que se pudiese cumplir y él pudiese regalar a su mujer una noche inolvidable.

Los acordes del violinista dejaron en el aire el vals del Danubio Azul, entonces cogió de la mano a su mujer, le invitó a levantarse y comenzaron a bailar. Cerraron los ojos y los dos se transportaron al salón Royal de Maxim´s, cuantas veces habían imaginado poder estar en aquel salón, y cuantas veces habían mirado aquella revista de decoración con las fotos de aquel salón, sus paredes de madera o marfil de fondo, decorado con medallones que representan a ángeles, sus cortinas del techo al suelo recogidas en los laterales de los ventanales y muebles de la Belle époque Napoleón III, una leve brisa les envolvía.

Mirándoles, Bruno, el cocinero, recordó cuando le cobijaron para que no durmiese al raso algunos meses, Gerardo, aquella navidad en la que le rodeó toda la familia dando calor cuando no hacía ni diez días de haber perdido a su mujer, quedándose solo en la vida, sin hijos ni familia, y a Marta le vino a la cabeza cuando se quedaron con sus dos hijos cuando ella estuvo en el hospital.

Los dos eran leyenda entre sus amigos y los que les conocían


Un abrazo

sábado, 6 de junio de 2009

Esas personas entrañables


Nació hace mucho tiempo, tanto que poseía todo el conocimiento, tando que logro la magia que le permitía disfrutar de lo bueno que la vida le había dado.

 

-Adela, ¿habrás tenido tiempos difíciles?,- y siempre contestaba

-Lo que vale en la vida son los pequeños momentos de felicidad con los tuyos,- y añadía- y de esos tengo el morral lleno.

 

                Pequeña, mengüada por los años, su piel, con algunas arrugas que daban fe de su edad, seguía brillante, y en algunos días en sus mejillas se vislumbraba ese pequeño tono rosáceo impropio de su edad.

 

                Sus pequeños ojos, cansados de ver, mantenían en su retina las imágenes de toda una vida.

 

                Me conto la ilusión que le hizo el primer coche que tuvo su padre, y añadía orgullosa:

-Fue el primer coche del pueblo, un Hispano Suiza.

 

                O cuando contaba cuando fue reina en las fiestas de su pueblo, o cuando en el colegio cantaban canciones a la virgen, las cuales recordaba con claridad, recitándonos algunos versos, y añadía,

-Era un comino, bueno, siempre, siempre lo he sido,- apostillaba.

 

                Su fina memoria, le servía para adornar sus relatos con detalles minuciosos, cuando hablaba de su madre, y como le preparaba la cama, podíamos ver como era el calentador de cama que usaba, o cuando su madre preparaba la comida a primera hora de la mañana, podíamos ver con detalle como llevaba la leña, como iniciaba la lumbre, una teas pequeñas, unos tronquitos, y como preparaba el caldero, las trébedes con sus mangos de madera, o como se reunían en los días de frio alrededor de la chimenea de la cocina para recordar a los que se habían ido y sus personalidades tan distintas, aunque decía que siempre habían sido una familia muy bien avenida.

 

                Solo necesitaba un ¡Hola Adela!, para conocerte, no necesitaba sus ojos cansados de ver, para ver.

 

                Su voz gastada y débil, trasmitía como nadie esas pequeñas historias que solo se pueden escuchar de personas que las han vivido, ¡Cuánto me recuerda a mi abuelo y a sus vecinos cuando sentados en el poyete de su puerta contaban historias de caza y de trabajo!.

 

                Femenina y presumida, una leve insinuación, contestaba:

-No tiene merito, las mujeres somos así toda  la vida, no importa la edad, os contare un detalle; recién cumplidos los 101 años, cogió una bronquitis, al no verle pregunte a su hija, y contestó

-Ya está mejor, pero no quiere que la vean sin dentadura,- seguía siendo Adela.

 

Unos días más tarde cuando volví a preguntar por ella, me dijeron que se había ido

 

                Siempre recordaré su personalidad, su amabilidad y sus charlas, y cuanto me enriqueció conocerla.

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